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Sólo el persistente eco de la nostalgia puede justificar el que yo me ocupe de este valor en alza en el confuso mundo de las artes plásticas; la nostalgia de la lejana amistad de su padre, el perdido recuerdo de sus abuelos.

Paulino hace tiempo que se me hizo presente con unos virtuosos a pluma, esa técnica que todos hemos empleado en nuestra primera obra, técnica de penuria y de austeridad, seco vehículo de ambientes empobrecidos, despojados de antiguos esplendores, limitado intento de incisión cuando no se dispone ni de buriles ni de planchas de zinc o de cobre. 

Sistema que poco a poco se fabrica sus propios provincianos límites y que nuestro joven artista ha sabido romper y redimir a base de pureza, haciéndonos olvidar esa limitada técnica, sustituyendo el áspero trazo por oleadas de luz, de quietud, de silencio habitado.

Este ha sido el motivo de su triunfo en el reciente premio Rafael de Penagos, en Madrid. Ni la importancia de los artistas que concurrían a tan prestigioso certamen ni el partidismo siempre latente de los jurados han tenido nada que hacer ante esa luminosidad, tan bien templada como un clavicémbalo de Bach.

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Unas pocas personas pueden ser capaces de equilibrar, de redimir las miserias culturales de un pueblo, de una región. Sé muy bien que Paulino Ruano es una de ellas, lleva unido a su nombre, a su obra, el de la ciudad donde tiene agarradas sus raíces. Además de agradecérselo yo, al menos, no me voy a olvidar nunca de ello.

JOSÉ LUIS SÁNCHEZ
De la Real Academia de Bellas Artes
de San Fernando